Autor · Farmacéutico · Profesor universitario
J. Paterna
Creo en las historias que permanecen cuando el libro ya está cerrado.
Siempre me ha costado responder a la pregunta de quién soy. Podría decir que soy farmacéutico comunitario, doctor en farmacia, profesor universitario y escritor. Todo eso es cierto. Pero ninguna de esas etiquetas explica realmente por qué escribo.
Escribo porque creo que una buena historia puede hacer mucho más que entretener. Puede cambiar la forma en la que miramos el mundo, obligarnos a cuestionar nuestras decisiones o acompañarnos durante años. Yo empecé a escribir un poco por necesidad. Si alguna de mis novelas consigue dejar una pequeña huella en quien la lee, habrá cumplido su propósito.
Es inevitable que mi formación científica haya acabado influyendo en mi manera de construir historias. Me obsesiona la coherencia, la lógica y que cada decisión tenga consecuencias. Por eso mis novelas pueden pertenecer a géneros muy distintos —thriller, ciencia ficción, fantasía o ficción histórica—, pero todas nacen del mismo principio: crear personajes complejos y mundos capaces de sostenerse por sí mismos.
Durante años escribí en silencio. Mis manuscritos solo los leía mi mujer. Fue ella quién terminó convenciéndome de que aquellas historias merecían salir del cajón y encontrar nuevos lectores.
En redes sociales muchos me conocen como el farmacéutico que recomienda novelas. No fue una estrategia de marca; simplemente es la forma más natural que encontré de unir mi profesión con otra de mis grandes pasiones: la lectura y la escritura.
Creo firmemente en la medicina basada en la evidencia y en el enorme valor de los profesionales sanitarios. Pero también creo que las historias pueden acompañarnos, hacernos reflexionar, ayudarnos a comprendernos mejor e, incluso, servir de refugio en determinados momentos de la vida.
La ciencia siempre va por delante. La lectura y la escritura no la sustituyen; la complementan desde un lugar diferente.
Porque, a veces, un buen libro no cura una enfermedad, pero sí puede aliviar un día difícil, despertar una emoción olvidada o recordarnos que no estamos solos.
Recuerdo especialmente a una clienta que, después de leer una de mis novelas, me regaló unas palabras que nunca podré olvidar:
«Para mí, tus novelas han sido mi mejor medicina, porque mientras las leía me olvidaba de mis dolores.»
No creo que exista un elogio más bonito para alguien que escribe.
Eso es lo que intento compartir con quienes me siguen: recomendaciones literarias y las historias que yo mismo escribo, convencido de que la literatura también puede formar parte del bienestar de las personas.
Hoy sigo escribiendo con la misma ilusión que cuando empecé. No busco escribir historias perfectas. Busco escribir historias que, de una forma u otra, permanezcan contigo mucho después de haber pasado la última página.